tu vida

tanya dice

ILUSTRACIÓN: ALEJANDRO HERRERÍAS.

Gordito te ves más bonito

➞ Este mes celebramos algo de lo más

importante que nos puede pasar. Su

embajador es un gordito con alas, que

anda por el mundo desnudo y sin ver,

flechando gente. Te toca y… ¡Agárrate!

Te cambia la vida para siempre.

Peligrosísimo y bello. Sí, el amor.

Estar enamorado es uno de los

estados más poderosos que hay.

Nos hace sentir increíble, nos vemos

divinas, nos volvemos valientes;

enflacamos sin dieta y aliviamos

nuestra soledad, una delicia.

Pero, ¡cuidado!, esta maravilla tiene

un enorme potencial de desastre a

largo plazo si no nos mantenemos

con los ojos bien abiertos.

Al principio, cada vez que lo

ves, sales preciosa. Maquillaje perfecto,

pelo (obvio de salón), perfumada,

sonriente, sexy. Cambio

de escena: después de un tiempo

de estar juntos, le abres la puerta y

dices: “Pasa”, pelo sin lavar, pants,

cero maquillaje, calcetines viejos

y un genio de ogro malo. ¡Nooo!

Error. El pobre se arrepiente de todos

sus pecados, sobre todo de no

estar viendo el partido con sus amigos;

pero si se echa a correr y escapa, lo matas.

¡No hay salida! ¿O la hay?

Con el tiempo, se nos olvida la magia

y vamos dejando que estar juntos

se vuelva rutina. Nos aburrimos, nos

peleamos y empiezan a pasar las cosas

horribles que el gordito ése, de las alas,

no nos advirtió que sucederían. Damos

por hecho a nuestra pareja y viceversa.

La conexión de almas va perdiéndose,

aunque nos veamos a diario. ¡Muy raro!

Las primeras escenas juntos eran

increíbles; nos sentíamos felices por

habernos encontrado, nos reíamos mucho

y nos besábamos todo el tiempo.

¡Auxilio! ¿Qué nos pasó? Esa pareja

Si tienes algún interés en particular,

escríbenos y sugiérenos un tema en:

glamour@condenast.com.mx

por: tanya

envidiable (hasta para los Jollie-Pitt) se

convirtió en dos pseudo-extraños que

no se acuerdan por qué están juntos.

Ese hombre maravilloso que despertaba

maripositas en mi estómago cada

vez que lo veía, hoy parece el eslabón

perdido, con panza; ya ni lo reconozco.

Antes, contaba los minutos para verlo,

ahora los cuento, pero para salir corriendo

sola con mis amigas. Y, en vez

de darle lo mejor de mí, le aviento sólo

mis tragedias y, obvio, como ya las oyó

un millón de veces; cuando me contesta:

“Mmm, a-ha, sí”, le grito que ¡no

me hace caso!.. Que ¡no le importo!

Pobres hombres. Lo siento incluso

por nosotras, porque también ellos con

el tiempo se ponen tremendos. Es imposible

estar siempre al top, obvio. Tampoco

propongo ser una geisha al servicio

de tu media naranja, pero muchas veces

olvidamos que es preciso cuidar, querer

y proteger a “nuestra relación” como si

fuera un credo, y a capa y espada. La pareja

es una coproducción: no podemos

dormirnos en nuestros laureles. ¡Nadie!

Ni ellas ni ellos. Y culpar al otro no vale.

El amor está vivo y en movimiento,

siempre, y va más rápido

de lo que pensamos. No olvidemos

que nuestra pareja es un compañero

de vida, dure lo que dure. Sí,

también es nuestro paño de lágrimas

en las malas, pero no un eterno

basurero emocional.

Si nos sentimos fatal, pero tenemos

que ir a una junta o a un

compromiso, por ejemplo, no nos

vamos sin peinar ni maquillar, ni

con el suéter que nos regaló nuestra

abuelita hace 10 años. No llegamos

de un humor espantoso sonándonos

con un pañuelo hecho bola a

regañar a todos. Entonces, ¿por qué

tenemos que salirle a quien más nos

importa (en el mundo de los adultos)

hechas un monstruo? ¿Cómo

nos atrevemos? Eso es eutanasia.

Además, las separaciones son

horribles. Lo peor es que van in crescendo.

Mientras más te comprometes,

más complicada se pone. Con hijos, ni

hablar. Y luego: recuperarnos del trancazo,

volver a salir, de aquí a que encontramos

a alguien… Pasa tiempo, la vida es

muy corta. No soy cursi, pero es mejor

hacer grande y bello lo que ya escogimos.

Hoy. (Y, si de plano elegimos muy

mal, esto no aplica). El amor no tiene

reglas, cada quien debe saber bien lo suyo,

digan lo que digan. Pero al gordito

ciego de la flecha, si no le haces caso,

enflaca. Si se desilusiona no nos espera;

empaca sus cositas, abre las alas y se va

para siempre (o por un buen rato). Y la

vida con él, aunque esté muy gordito,

definitivamente se ve más bonita.